El metro de la ciudad de México, nuestro gran zoológico humano – pluricultural, cualquiera diriá que fonéticamente el termino es peyorativo por hacer mención a nuestro lado animal freudiano, pero subirte a él es semejante a un paseo dominical descubriendo y observando las distintas formas de la expresión humana que diario u ocasionalmente utilizan este eficaz medio de transporte.
Este tren color anaranjado, blanco, azul o ahora los hay con motivos “bicentenarios” y que en cada jornada recorre miles de kilómetros, se pueden experimentar las más diversas situaciones y emociones. En la puesta en escena de mi vida el metro ha sido uno de los actores principales, hemos protagonizado tristezas, alegrías, euforia, impotencia, calor etcétera, pero siempre en alguna situación trascendental hay una estación cerca.
Hoy no es la excepción y en este momento viajo en uno de los vagones centrales y observo una señorita que sube rápidamente antes de que cierren las puertas, llora, aunque dentro de la prisa el sentimiento casi puede mimetizarse con el entorno; yo lo he hecho también y en cierta forma comparto lo que los ojos no ven, conozco de la añoranza de salir por las escaleras y pensar que alguien te recibirá con un abrazo o que el problema quedará resuelto. Toma el fondo del vagón como refugio, ahí donde una escalera de emergencia pintada de rojo se convierte en mudo testigo de múltiples realidades, donde el cristal de las puertas sin utilizar te regalan ese etéreo paisaje obscuro tan lleno de intimidad; donde la luz se hace presente únicamente con destellos rápidos que son como luciérnagas y dragones luminosos que veloces vuelan a su destino, igual que nosotros, es un ambiente idóneo para reflexionar.
El timbre me hace voltear y al regresar la vista me percato que la chica se ha ido, esta es una estación de transborde y la gente se agolpa para bajar y subir, el letrero que invita a los pasajeros “Antes de subir permita bajar” es un afiche que parece estar escrito en algún lenguaje incomprensible para nosotros los capitalinos, entre la masa de gente sube una señora que entre empujones y gritos detiene fuertemente un niño que en sus brazos viene y con la otra mano cómo puede jala a dos pequeñitos que tomados de las propias entran al vagón reflejando en sus rostros calor y espanto. Su madre se abre paso entre el caos e intenta acomodarse y acomodar a sus niños justo en el sitio que la chica abandono, los más grandecitos siguen las instrucciones de su mamá y se aferran al tubo más cercano alzando sus caritas entre los adultos buscando aire, el calor empieza a encerrarse y el niñito de brazos empieza a llorar, el rostro de su madre habla por sí solo reflejando la angustia de pronto llegar a su destino, porque de esto se trata como la vida misma, de un punto al que llegar; a algo que nos espera o no, pero al cual debemos alcanzar.
Hemos llegado a la siguiente estación de entronque, la tarea de la señora ahora es bajar evitando tanto estorbo en la puerta, sí, esas personas que no bajan en estaciones siguientes pero se quedan inmóviles frente a la puerta en lugar de pasar al fondo del vagón, pregunta: "¿baja a la siguiente?", nadie responde y como puede se abre paso llevando de la mano a sus pequeños, da la impresión de ser tragada por una masa de gente y desaparece, afortunadamente mucha gente baja detrás de ella y el ambiente es más respirable, estamos a punto de llegar al fin de recorrido, la última estación de la línea.
Yo aquí cambio de otra ruta, la cantidad de personas va en aumento e inclusive entrar al tren es peor que estar en la línea ofensiva en un juego de futbol americano. La puerta se abre y todos se empujan, literal “se medio matan” por un asiento, lo curioso es que al terminar el dantesco espectáculo los únicos ahí sentados son hombres, los letreros de “reservado” con dibujos de señoras embarazadas, personas mayores, discapacitados siguen siendo un afiche lleno de jeroglíficos para la lectura chilanga, comprendo que el cansancio hace presa de todos, no respeta genero ni condición social pero un poco de esa clase de civismo que tomaban nuestros padres y abuelos no nos vendría mal, en ese momento volteo y encuentro libre el rincón junto a la escalera de emergencia, creo que es momento de cambiar de papeles, me siento en el piso apoyo mi cabeza en ella y veo de reojo las luciérnagas, los dragones; reflexiono y pienso "algún día escribiré lo que a diario observo", donde probablemente alguien me observa como yo lo hice, es más puede que alguien se me adelante y escriba lo que mira antes que yo, lo único que puedo hacer es cerrar los ojos y facilitarle el trabajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario